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Buffalo 66, 1988. Vincent Gallo |
El pez nadaba boca
arriba o tenía los ojos muy abajo, me cuestionaba en la sala de espera al
observar la pecera que estaba junto a los bancos. Ese pensamiento será el
inicio de mi relato, me dije. La doctora abrió la puerta, miró directo hacia mí
y dijo el nombre de otro hombre, un tal Lucas, sería pues el tipo sentado junto
a mí porque fue quien se levanto e ingreso al consultorio. Sin meditarlo
demasiado me fui. El pez nada boca arriba
o tiene los ojos muy abajo, seguía pensando. Caminé algunas cuadras bajo
una llovizna humeada y pegajosa, estaba muy oscuro pero a penas eran las seis
de la tarde ¿Qué me pasa? ¿Qué te pasa? Me repetí hasta llegar a casa. Hacia
tiempo que no encontraba tanta paz y fue justo después de tomar una decisión
sin motivo o significado alguno, simplemente no quería estar en la sala de
espera, por supuesto, mi visita médica no era una casualidad, pero en la medida
de lo que me acontecía no era una urgencia atender la cuestión. Llegué a casa y
me di una larga ducha, recorrí cada rincón de mi piel, me encontré con
cicatrices y manchas de dudosa procedencia, la historia en mi cuerpo le ha
ganado a mi memoria.
Luego me acosté a dormir desnudo, perturbado descubrí un
momento de pudor ante mi propia desnudez, la mente es nuestro enemigo más siniestro. Esa
noche tuve uno de esos sueños que uno cree que debe buscarle sentido, hace más
de seis meses me mude y soñé con la casa que había dejado, en el sueño la casa
estaba repleta de cajas y papeles por el piso, sin muebles y con las paredes
vacías, hasta ahí nada sucedía, pero pasados unos segundos acudió a mi un
pensamiento: “a fin de mes debo entregarla, debo sacar todo eso de ahí ¡Cuánto
trabajo! ¡Qué pereza! Pero no vuelvo hasta pasados los primeros días, tendré
que cambiar el pasaje”. No era una situación determinante sin embargo, me causó
angustia, no veía salida, como un perro que se muerde la cola, como un pez que
nada boca arriba. Despertarme fue un alivio, el problema no existía, bueno me
dije, al fin y al cabo, quizás sólo soy un pez que tiene los ojos muy abajo.
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